 | Tendeparacua: LAS CUATRO ESTACIONES DEL AÑO |
chava escribió "Me levanté temprano, como ha ocurrido desde hace ya un tiempo, hice algunas actividades rutinarias, después me fui a la hamaca a leer un libro de Gabriel García Márquez, no me podía concentrar en la lectura, tal vez sería por algunas cosas pendientes de mis escritos que ahí han estado esperando tener un final.
Abrí el archivo y me encontré un artículo olvidado, puede ser que haya sido apropósito o por que cada vez que quiero agregarle algunas cosas la mente se sale de línea y todo se hace confuso y mejor opto por guardarlo. Hoy decido nuevamente intentarlo. Después de conocer un poco de geografía y de recordar cuando en la escuela nos teníamos que aprender las estaciones del año, he vuelto a la niñez y ello me ha traído buenos, amargos y tristes sentimientos, tal vez a esto le pudiéramos llamar sentimientos encontrados. Como quiera que sea, todo esto me forma una necesidad de sacarlo y que otras personas conozcan un poco o mucho de cómo se vivía en Tendeparacua a través de mis vivencias. La primavera, una estación del año, que cuando la maestra nos explicaba, se me hacía muy hermosa, porque la describía llena de flores, nos contaba que en esa época regresaban los animales a sus nidos ya que habían tenido que emigrar a otras tierras en busca de mejores condiciones de vida. También nos decía que si observábamos la naturaleza, ésta empezaba a tornarse verde a causa de las primeras lluvias. Cuanta razón tenía aquella mentora al explicarnos todo lo bello de la naturaleza, pero al mismo tiempo nos hacía que analizáramos otras cosas que para nosotros no tenían nada de bonito ni de espectacular como lo manifestaba ella en el salón de clases. Para los que teníamos hambre, para los que carecíamos de vestimenta indispensable en esas épocas, para los que estábamos necesitados de cariño, de amor por parte de nuestros padres. Claro que ellos nos querían, que padres no van a querer a sus hijos, pero no tenían tiempo para ello, porque siempre andaban buscando la manera de que pudiéramos tener algo que comer; cuál tiempo de hacerle un cariño a su hijo. La mamá, menos. Ella tenía que levantarse a las cinco de la mañana para ir llevar el nixtamal al molino, para después llegar a la casa a hacer las tortillas para que almorzaran los que saldrían a trabajar al campo. Me voy grande al utilizar la palabra almorzar, yo pienso que está mejor decir a comer unas cuantas tortillas con chile o con sal. Cuando mejor nos iba, eran unos frijoles, o mejor dicho, mucho caldo y pocos frijoles. El argumento de mucho caldo era para tener que sopearle. Mientras llegaban con la masa, el papá andaba preparando los animales para en cuanto terminar la olla de atole y la tortilla con chile salir presurosos a esas pobres tierras que apenas si producían unos molonquitos en la temporada de las cosechas. Regresar en la noche cansado, de mal humor por el trabajo y el hambre contenida durante el día, porque aquellos tacos no les habían ajustado. Por eso los que nos quedábamos en casa intuíamos que nuestro papá no podía ser abordado en esos momentos y así pasaba ese día y otros más hasta terminar el año y el siguiente. Por cuestiones de la naturaleza la madre es más cariñosa que el padre, pero con todo y eso, para nosotros no había tiempo de recibir una caricia de nuestros progenitores. Cómo se nos iba hacer bonita la primavera, si eran los tiempos más difíciles para los proletariados. Muy de mañana nos mandaban a los más pequeños a buscar quien nos prestara una medida de maíz para tener que comer al siguiente día. Ahí en el barrio la mayoría vivíamos en las mismas condiciones y los que si tenían maíz se negaban a prestarnos aquellos codiciados granos. Sus razones eran justificadas, si no teníamos dinero y la cosecha a penas si daba para unos cuantos meses, con qué les íbamos a pagar aquella medida de maíz. Así deambulábamos por las calles de Tendeparacua, con aquella desgastada bolsa de plástico, pasando vergüenzas y soportando algunas burlas. No sabíamos si se reían por que andábamos pidiendo prestado o si era por nuestro aspecto físico lo ameritaba. Puede ser que haya sido por las dos cosas. Nuestro pantalón estaba lleno de parches, o mejor dicho el pantalón estaba hecho de parches; la camisa que nos llegaba al ombligo y que ya no cerraba porque era la misma de hacía dos años, se encontraba en las mismas condiciones; nuestros huaraches apenas si se sostenían con una o dos correas porque las demás ya se habían reventado; el sombrero en las mismas condiciones: roto, negro por el polvo y el sudor; nuestros cachetes con unas chapas grandes, por cierto que algunos para completar la burla decían: - ¡mira que niños de chapeados! ¡uf! Aquella expresión nos levantaba la moral y con más ánimos seguíamos pidiendo maíz. Cuando por fin alguien se apiadaba de nosotros, llegamos contentos a casa. Mirábamos a nuestra mamá con alegría, nos sentíamos orgullosos de haber cumplido con el mandado de ese día, o a lo mejor esa felicidad era porque sabíamos que teníamos asegurada la tortilla para otro día más. Así pasó el tiempo y nos fuimos dando cuenta de que aquellas chapas en nuestros cachetes no eran naturales, sino esas que se van formando con el polvo acumulado en muchas semanas o meses. En el verano y en el otoño las penalidades del hambre disminuían un poco, en esa época teníamos elotes, calabaza y frutas de la temporada. Aquí la cosa cambiaba, si la tortilla no ajustaba ahí nos esperaban las distintas variedades de nopales cargados de su sabrosa fruta, si nos enfadamos de comer tunas, pues nos íbamos a los sapotes, los asibuches, los tejocotes, las jícamas, los chayotes, los camotes, los talayotes, los cuchipos, las camuesas, los sitánguenes, las moras, las chirimoyas, los lantriscos. Todas estas frutas nos mitigaban el hambre algunos meses del año. El invierno, ¡ay dios! No quiero recordar los malos momentos de esta terrible estación. Perdón por la expresión, ya que para muchos de los que tengan la oportunidad de leer esto, sea una ofensa lo que aquí se diga, porque para algunos debió ser muy hermoso el ir a pasear a los lugares donde había nieve, en esos sitios donde puedes hacer figuras, donde se divierten haciendo copos y juegan arrojándolos a los hermanos, primos, amigos y papás. Donde se anda bien abrigado, con una llamativa gorra de colores, con una bufanda enredada en el cuello, con un abrigo de las mejores pieles. Para ellos el invierno debe ser excelente, pero para aquellos que vivíamos en condiciones deplorables. Aquellos niños que dormíamos en un pedazo de petate, cobijados con un costal de jarcia o en ocasiones hasta los suaderos de los burros servían de cobijo, créanme que es muy difícil recordar esas noches de enero, o de febrero, cuando nos hacíamos rosca en un rincón del cuarto, ahí amontonados abrazados para darnos calor, pero ese calor humano pronto se terminaba, porque apenas si se dormía uno iniciaban aquellas tremendas orinadas. Claro que al principio sentías agradable por lo calientito de los orines de uno y del junto, pero a eso de las tres, cuatro de la mañana, aquello era insoportable porque el aire se colaba por todas partes y llegando hasta los huesos. Al amanecer, tiritando de frío, había que levantarse y sacar nuestras “camas” a que el sol hiciera su trabajo de secar los ríos de agua azufrada y calentara nuestros esqueléticos cuerpos que se pegan a la cerca de piedra o a la pared de la casa en busca del calorcito que mitigara el inmenso frío. Claro que esto era cuando teníamos suerte de que no nos mandaran al cerro a la leña o a las varitas a esas barrancas donde el frío era todavía más tremendo. Así llegaba el invierno, la primavera, el verano y el otoño y nosotros vivíamos la misma historia. Salvador Cervantes Robles.
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